jueves, 25 de diciembre de 2008

FANS

Aunque todavía faltan dos días y ocho horas para la apertura de puertas del recinto que albergará la primera actuación de Tokio Hotel en España, un grupo de al menos veinte personas ya ha formado una cola frente a la entrada. Provistos de sacos de dormir y termos de leche con Cola-Cao, los fans matan el tiempo de espera intercambiando anécdotas y rumores acerca de la banda de pop-rock adolescente. "¿Sabíais que Bill duerme siempre en pelotas y abrazado a su iguana?". "El primo del batería apareció como extra en High School Musical". "Tom es gay". Algunos fans lucen un peinado colorista y explosivo que imita el estilo del cantante de la banda. La mayoría son chicas, de entre 13 y 16 años de edad. De vez en cuando, los papás de algunas de las jóvenes visitan la cola para rellenar sus termos y asegurarse de que nadie las ha obligado a consumir drogas. Los padres no son bienvenidos en la cola. Depender de papá y mamá se sitúa en las antípodas de la filosofía de un fan de Tokio Hotel. Sin embargo, las chicas agradecen en el fondo las provisiones de sandwiches y leche calentita.
La noche anterior al concierto, la cola de fans aumenta considerablemente. Hay mucho colorete, mucho lema grabado en la frente con pintalabios. "Te quiero, Bill". "Tokio Hotel Forever". A una niña de nueve años le han pintado la frase "Bill, hazme un hijo" en los mofletes. A eso de las cuatro de la madrugada, un Audi A4 aparca a unos metros de la cabeza de la fila. Lo conduce un señor que ronda la cincuentena. En el asiento del copiloto una mujer llora desconsoladamente, sosteniéndose la cabeza con las manos. El señor se apea del vehículo y se acerca a una de las adolescentes; después le susurra algo al oído, la ayuda a levantarse y le pasa el brazo sobre los hombros. Padre e hija entran en el coche donde la señora sigue llorando con una angustia silenciosa. El Audi arranca y desaparece en la noche. Una chica con muñequeras de pinchos y collar de perro se dibuja corazones negros en los antebrazos.

domingo, 30 de noviembre de 2008

EL LAMENTO MÁS AMARGO DEL MUNDO

Un matrimonio de ancianitos con la ropa manchada de excrementos. Dos personas adorables deambulando por la acera, impregnadas de mierda, tratando de
balbucear algunas palabras. El operario del ayuntamiento explicando al borde del llanto que la tubería ha reventado, que no es culpa suya, que lo siente en
el alma. Un conducto de aguas fecales que ha eyaculado su lefa putrefacta sobre los dos viejos. Mierda humana salpicando las gafas del pobre abuelito, mierda y más mierda incrustada en su rebeca, resbalando por su bastón. Y el matrimonio con el rostro enfocado al vacío, como si la suciedad que cubre sus ropas flotase en otra dimensión. Cada viejecito desorientado en su propio hoyo de confusión, incapaces los dos de cuidar el uno del otro.
-Venimos del médico -dice la anciana.
Y su frase suena como la destilación del lamento más amargo del mundo. Venimos del médico. Y lo peor vendrá después; cada uno en un borde la cama, despojándose de sus prendas inservibles con la lentitud que precede a la muerte.
Veinte veces tristeza.

EL CRAPO

Primer error: refugiarte en el campo de golf. Al salvaje Crapo le resulta muy fácil corretear sobre la hierba; es más, su velocidad se optimiza en esta superficie, donde puede clavar sus garras con mayor firmeza y agrandar así sus zancadas.
Segundo error: no subirte a un árbol. Si lo hubieses hecho, el Crapo habría desistido. No puede escalar el tronco. Quizás habría mordido la corteza violentamente durante un rato y después se habría marchado. Un árbol de tamaño mediano, uno de esos olivos que has esquivado en tu frenética huida, resultaba válido como refugio definitivo ante una muerte más que segura.
Tercer y fatal error: detenerte y arrancar el banderín del hoyo 12 para utilizarlo a modo de improvisada arma blanca. Atacar a un Crapo con un palo flexible de plástico es como tratar de provocarte un aborto con un clip desenrrollado. Sólo un tarado podría afrontar con esperanzas la arremetida del bicho utilizando un puto banderín que ondea ridículamente bajo la luz acuosa de la tarde.
Aun así, todavía te queda una ínfima oportunidad si te haces el muerto y consigues de esta manera que el Crapo se contente con arrancarte un brazo a dentelladas, con desfigurarte la cara usando sus pezuñas, con arrancarte la piel a lengüetazos mientras una bola rueda perezosa sobre la hierba del green y cae en el agujero, como tragada accidentalmente por un bostezo perfecto.

martes, 25 de noviembre de 2008

EGO

Llevas un disfraz pero no sabes de qué porque te han obligado a cerrar los ojos mientras te lo colocaban. Has sentido el roce de la gomaespuma y después descubres que, de algún modo, puedes respirar y ver a través de dos agujeritos pero no puedes mover el cuello y mirar tu atuendo porque estás literalmente embutido en gomaespuma. Entonces tu principal cometido ahora es buscar un espejo para descubrir qué aspecto tienes; te paseas por la casa, una casa que no es tuya, abres puertas, saludas a gente que no conoces, intentas descifrar tu reflejo en un valioso jarrón de bronce pero sólo consigues ver una bola difusa que no se parece a nada humano. Sales de la casa y recorres el jardín. Descubres una charca artificial, con un banco de mármol en la orilla. Te acercas. Te conmueve la visión de la luna y las estrellas y las nubes rasgadas en la superficie del agua. Te acercas más. Te inclinas para descubrir de qué vas disfrazado. Te inclinas demasiado. Pierdes el equilibrio. Te caes al agua.

lunes, 24 de noviembre de 2008

PARECE UNA ECOGRAFÍA

Sin duda, parece una ecografía. Son manchas en blanco y negro sobre papel fotográfico. En los bordes aparecen letras y números que muestran una información indescifrable. Lo ha encontrado en el asiento de atrás del coche de su mujer, así que debe de ser una ecografía, puesto que ella está embarazada de ocho meses. El hombre sostiene la imagen por la esquina superior derecha con la punta de los dedos, acercándola al tubo fluorescente del techo del garaje para poder examinarla mejor. Su mujer está durmiendo en el piso de arriba, con la barriga hinchada como un volcán a punto de reventar. Vista de cerca, la imagen no es más que un cielo negro cubierto de nubes blancas y grises pero, al alejarla, la ecografía muestra una figura vagamente humana. Ahí está el estómago rechoncho y también los bracitos blandos y casi transparentes. El cráneo frágil, los ojos cerrados y los colmillos. El hombre siente cómo una marejada de olas tóxicas le golpea las paredes del estómago. El futuro bebé tiene una dentadura afilada de tiburón o de delfín, y su nariz es alargada y parece un pene de arcilla. El futuro papá deja la ecografía donde la había encontrado y resiste la repugnante sensación de mirarla otra vez. Extrae un CD de Elton Jhon de uno de los compartimentos del cargador (para eso había bajado al garage), se bebe medio vaso de agua, sube a la habitación y se sienta en la cama. Si no tuviese los ojos cerrados y el volumen del discman al máximo podría escuchar las palabras apenas murmuradas de su esposa, que sueña panza arriba a su lado.