jueves, 4 de noviembre de 2010

ARRANQUES FALLIDOS PARA UN BEST SELLER (Vol. I)

Jules jugueteaba indeciso con el contenido de su plato. En medio de un asqueroso charco de salsa, una especie de elefantito vivo se revolvía tumbado en posición fetal. Jules miró al hombre desnudo que tenía enfrente. El indígena levantó la cuchara y susurró:

-Pichón de mamut.

No es que le informase del nombre del extravagante manjar. Simplemente, le había lanzado un piropo.

jueves, 7 de octubre de 2010

LA CATA

El actor está siendo entrevistado en el programa nocturno líder de audiencia. El próximo estreno de su película no está generando la expectación prevista y es necesario hacer un esfuerzo con todo este asunto de la promoción. En un momento determinado de la entrevista, el presentador saca de debajo de su escritorio una copa de vino. Informa al público del plató acerca de la pasión por la enología de la que siempre ha alardeado el actor.

-Sabemos que eres un enamorado de los buenos caldos. Te voy a pedir que nos muestres tus dotes de sumiller. Cata este vino y danos tu opinión.

El actor coge la copa. Observa el líquido a través del cristal y la agita. Después mete en ella su nariz y, tras aspirar profundamente, da un pequeño sorbo. El público guarda silencio, la banda del programa toca una suave melodía con tintes de jazz.

El actor cierra los ojos. No tiene ni zorra idea de qué decir acerca del vino. Podría ser un Albariño o veneno puro de garrafa. Su “pasión por la enología” se reduce a la lectura de un par de manuales prestados. Pero no se puede arriesgar. Sabe que el presentador del programa tiende a bromear con los invitados y es probable que le estén tendiendo una trampa. Quizás planean rematar su pedante veredicto mostrando un brick de mala muerte. O quizás le han puesto delante un estupendo caldo para calificar con toda seriedad sus dotes como catador. ¿Qué cojones se supone que tiene que decir? ¿Debe tomárselo a broma y escupir teatralmente el líquido de vuelta a la copa? Durante unos instantes se le cruza por la mente la posibilidad de ser honesto, de decir “Mira, en realidad no tengo ni puta idea de enología. No soy capaz de distinguir entre un Borgoña y un vinagre barato. Si tuviese que ganarme la vida con esto, me comería los mocos. Por eso soy actor, y no experto en vinos”. Pero la estrategia se desvanece cuando se da cuenta de que el presentador y el público se están impacientando.

-¿Es tan delicioso que te ha dejado sin palabras?

Risas. El cerebro del actor suda sangre. Debe de haber alguna frase ingeniosa que le ayude a salir del paso. Un comentario ambiguo que encierre todas las posibilidades. Algo que no le haga quedar en ridículo sea cual sea la solución al misterio. Solo se trata de una combinación de palabras. Vamos, habla. Esto está dejando de ser gracioso. La respuesta está ahí, escondida en algún rincón de esa maraña de pensamientos que parece a punto de enterrarte.

lunes, 20 de septiembre de 2010

VISIÓN NOCTURNA

La pantalla del ordenador muestra a la vez y a tiempo real todo lo que no está sucediendo en su casa. Las seis cámaras de vigilancia espían desde sus seis respectivos rincones. Parecen solo imágenes estáticas, pero el dispositivo que vigila la entrada en el exterior recoge de un modo fragmentado las convulsiones de las hojas de los árboles, balanceándose bajo el peso de la lluvia.
Cubierto por un batín sin anudar, contempla la quietud de las habitaciones vacías, que brillan con tonos verdosos como si todos los objetos que contienen estuviesen cargados de radioactividad. La cocina, el cuarto de juego de los niños, el coche de importación a buen recaudo en el garage.
Doble click en el último recuadro inferior y ahora la imagen del salón ocupa toda la pantalla. Allí está él, de espaldas a la cámara, encorvado sobre el ordenador como un objeto más de la estancia. La calidad de grabación le permite ver en su pantalla real los detalles de la pantalla filmada. Pasan los minutos, las horas. Y empieza a darse cuenta de las sutiles diferencias.

viernes, 3 de septiembre de 2010

SOLO

Entras en el ascensor y dejas escapar un horrible pedo que te estaba estrangulando las tripas. Has esperado a que se cierren las puertas, has previsto que el motor y las cadenas camuflen el estruendo que provoca la ráfaga de metano caliente saliendo en tromba por el ano. Es un ascensor pequeño y bien iluminado, sin espejos. Dejas caer los párpados mientras disfrutas de la sensación de alivio y escuchas cómo alguien carraspea a tu lado. No estás solo. Un señor trajeado que sostiene un portafolios está apoyado en una de las esquinas de la cabina, tan cerca de ti que vuestros codos se rozan. Obviamente, no lo has visto cuando has entrado. Jurarías que allí dentro no había nadie. Recuerdas perfectamente que el ascensor estaba vacío. Pero allí está el señor del portafolios, mirándote con dureza mientras tratas de buscar una explicación lógica a lo que parece una aparición fantasmal. Invadido por la sorpresa y la vergüenza. Decidiendo sin éxito si debes pedir perdón o si debes empezar a vomitar a gritos todo el terror que intenta abrirse paso a través de tu garganta.

lunes, 23 de agosto de 2010

AGUA

Te quedas a dormir en casa de un amigo. Tienes once años. A eso de las cuatro de la madrugada te despiertas con una sed apremiante y bajas a la cocina porque recuerdas esa jarra de agua fresca que has visto antes en la nevera. Tienes que bajar los escalones a ciegas, no quieres encender la luz porque temes despertar a alguien. Es una de esas casas enormes de dos plantas decorada con objetos caros y exóticos procedentes de distintas partes del mundo. El padre de tu amigo es capitán de barco y pasa meses y meses fuera de casa. Aunque jamás lo has visto personalmente, conoces su aspecto gracias al gigantesco retrato al óleo que cuelga sobre la chimenea. Es un señor de porte atlético, rubio, el rostro tenso y fibrado, una frente curtida por el sol, ojos azules. Mientras cruzas el salón de puntillas, alguien abre la puerta principal y enciende las luces. Quedas expuesto. Un tipo vestido con un uniforme blanco idéntico al del cuadro acaba de llegar a casa. Sostiene una gorra de capitán en una de sus manos y una bolsa de deporte en la otra. Ambos os quedáis paralizados y os miráis a los ojos. Es un señor espectacularmente gordo, tres pueblos más allá de la obesidad mórbida. Y no es rubio. Ni sus ojos son azules. Son de color marrón mierda y te miran de tal modo que no puedes evitar empapar tus pantalones y una preciosa alfombra persa.