Un tipo te apunta a la sien con una pistola y te obliga a elegir el apodo por el que serás reconocido el resto de tu vida. No parece complicado, ¿verdad? ¿A quién no le gustaría elegir su propio apodo? Si lo eligen aquellos que te rodean, buscarán hacerte daño. El Gordo, El Chato, El Mongo. Ahora tienes la oportunidad de atarte para siempre al apodo que desees. Pero hazlo antes de diez segundos o el tipo que apunta a tu sien presionará el gatillo. Recuerda, sólo diez segundos.
Dedicas los cinco primeros a reflexionar sobre lo pátetico que resulta elegir tu propio apodo. Vas a revelar cómo quieres que te perciban los demás. Llamadme El Tigre, Conan, El Toro, Tiburón. Llegarás a la conclusión de que un apodo así no tiene ningún mérito si te lo cuelgas tu mismo. Demasiado triste. Te quedan cinco segundos.
Imaginas tu nuevo apodo pronunciado en distintos contextos y por distintas personas. Ey, ¿sabéis si va a venir El Pruna? / Sí, he quedado con Pacheco. / Te mueres de la risa con El Nutria. / ¿Qué Silvia? ¿La que sale con El Lonchas?
No es tan fácil como parecía. La oportunidad se convierte en un mal trago que puede acabar matándote. Elige cualquier cosa. El Pollo, Juanito El Nazi, Dostoievski.
Te quedan dos segundos.
Dedicas los cinco primeros a reflexionar sobre lo pátetico que resulta elegir tu propio apodo. Vas a revelar cómo quieres que te perciban los demás. Llamadme El Tigre, Conan, El Toro, Tiburón. Llegarás a la conclusión de que un apodo así no tiene ningún mérito si te lo cuelgas tu mismo. Demasiado triste. Te quedan cinco segundos.
Imaginas tu nuevo apodo pronunciado en distintos contextos y por distintas personas. Ey, ¿sabéis si va a venir El Pruna? / Sí, he quedado con Pacheco. / Te mueres de la risa con El Nutria. / ¿Qué Silvia? ¿La que sale con El Lonchas?
No es tan fácil como parecía. La oportunidad se convierte en un mal trago que puede acabar matándote. Elige cualquier cosa. El Pollo, Juanito El Nazi, Dostoievski.
Te quedan dos segundos.
