El otro día bromeaba con mi amigo Henry acerca de un supuesto tipo cuyo muslo izquierdo está compuesto de jamón de bellota. Desde la rodilla hasta la ingle. El resto del cuerpo es perfectamente normal, pero su muslo izquierdo es pata negra aceitosa, manjar de gourmet. Además es totalmente comestible, ya que se regenera. El tipo está sentado en el sofá viendo la tele y corta finas lonchas de su pierna sin sentir dolor. Incluso prepara un surtidito para los amigos con los que comparte una tarde de cerveza y fútbol. Pero también hay otra cara en la moneda: sus vaqueros muestran a menudo una asquerosa mancha de grasa y cada vez que va a la cama debe envolver su muslo con papel transparente para no ensuciar las sábanas. En Agosto el hedor se vuelve insufrible. A veces la parte superior de su pierna queda en puro hueso y tiene que renunciar a los pantalones cortos. No es que la historia goce de algún atractivo simbólico. Simplemente, me resulta graciosa. Quizás algún día hable de ella en el blog.
lunes, 8 de noviembre de 2010
jueves, 4 de noviembre de 2010
ARRANQUES FALLIDOS PARA UN BEST SELLER (Vol. I)
Jules jugueteaba indeciso con el contenido de su plato. En medio de un asqueroso charco de salsa, una especie de elefantito vivo se revolvía tumbado en posición fetal. Jules miró al hombre desnudo que tenía enfrente. El indígena levantó la cuchara y susurró:
-Pichón de mamut.
No es que le informase del nombre del extravagante manjar. Simplemente, le había lanzado un piropo.
jueves, 7 de octubre de 2010
LA CATA
El actor está siendo entrevistado en el programa nocturno líder de audiencia. El próximo estreno de su película no está generando la expectación prevista y es necesario hacer un esfuerzo con todo este asunto de la promoción. En un momento determinado de la entrevista, el presentador saca de debajo de su escritorio una copa de vino. Informa al público del plató acerca de la pasión por la enología de la que siempre ha alardeado el actor.
-Sabemos que eres un enamorado de los buenos caldos. Te voy a pedir que nos muestres tus dotes de sumiller. Cata este vino y danos tu opinión.
El actor coge la copa. Observa el líquido a través del cristal y la agita. Después mete en ella su nariz y, tras aspirar profundamente, da un pequeño sorbo. El público guarda silencio, la banda del programa toca una suave melodía con tintes de jazz.
El actor cierra los ojos. No tiene ni zorra idea de qué decir acerca del vino. Podría ser un Albariño o veneno puro de garrafa. Su “pasión por la enología” se reduce a la lectura de un par de manuales prestados. Pero no se puede arriesgar. Sabe que el presentador del programa tiende a bromear con los invitados y es probable que le estén tendiendo una trampa. Quizás planean rematar su pedante veredicto mostrando un brick de mala muerte. O quizás le han puesto delante un estupendo caldo para calificar con toda seriedad sus dotes como catador. ¿Qué cojones se supone que tiene que decir? ¿Debe tomárselo a broma y escupir teatralmente el líquido de vuelta a la copa? Durante unos instantes se le cruza por la mente la posibilidad de ser honesto, de decir “Mira, en realidad no tengo ni puta idea de enología. No soy capaz de distinguir entre un Borgoña y un vinagre barato. Si tuviese que ganarme la vida con esto, me comería los mocos. Por eso soy actor, y no experto en vinos”. Pero la estrategia se desvanece cuando se da cuenta de que el presentador y el público se están impacientando.
-¿Es tan delicioso que te ha dejado sin palabras?
Risas. El cerebro del actor suda sangre. Debe de haber alguna frase ingeniosa que le ayude a salir del paso. Un comentario ambiguo que encierre todas las posibilidades. Algo que no le haga quedar en ridículo sea cual sea la solución al misterio. Solo se trata de una combinación de palabras. Vamos, habla. Esto está dejando de ser gracioso. La respuesta está ahí, escondida en algún rincón de esa maraña de pensamientos que parece a punto de enterrarte.
lunes, 20 de septiembre de 2010
VISIÓN NOCTURNA
Cubierto por un batín sin anudar, contempla la quietud de las habitaciones vacías, que brillan con tonos verdosos como si todos los objetos que contienen estuviesen cargados de radioactividad. La cocina, el cuarto de juego de los niños, el coche de importación a buen recaudo en el garage.
Doble click en el último recuadro inferior y ahora la imagen del salón ocupa toda la pantalla. Allí está él, de espaldas a la cámara, encorvado sobre el ordenador como un objeto más de la estancia. La calidad de grabación le permite ver en su pantalla real los detalles de la pantalla filmada. Pasan los minutos, las horas. Y empieza a darse cuenta de las sutiles diferencias.
