En el último tercio del siglo XVIII, un tal Wolfgang von Kempelen diseña y construye un autómata capaz de disputar partidas de ajedrez a un alto nivel. El proto-robot recibe el nombre de El Turco y no es más que un muñeco articulado al que Wolfgang viste como un exótico príncipe de un país remoto. En pocas semanas, El Turco se convierte en una atracción itinerante que recorre las cortes europeas derrotando sin despeinarse a los grandes maestros del ajedrez. Aunque Wolfgang atribuye la destreza de su autómata a un complejo mecanismo de relojería, una buena parte del público comienza a sospechar que hay gato encerrado. Sencillamente, no es posible que una máquina creada por el hombre pueda superar las habilidades de su creador. Y no andan desencaminados. En la que será la última partida de ajedrez de El Turco, una pieza se desprende de su cráneo dejando al descubierto el interior de su cabeza. Es entonces cuando los asistentes al espectáculo descubren la farsa: En el lugar donde debería reposar el cerebro, Wolfgang ha ubicado una pequeña cabina con diminutas palancas en la que se sienta un ser peludo dotado de cuatro brazos. Un ser vivo mezcla de hombre y cobaya que no debe de superar los 15 centímetros de altura y que resulta ser el responsable de las admirables dotes de El Turco. El público abandona la sala en medio de una tormenta de abucheos. Los titulares ondean la palabra "decepción". Días más tarde, Wolfgang tiene el honor de probar uno de los inventos más populares de la época: la guillotina.
domingo, 1 de agosto de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
PROGENIE
Cuando abre la puerta y descubre que quien ha tocado al timbre es un niño desnudo cubierto de barro y desperdicios le asalta una cadena de pensamientos que desemboca en una única explicación posible. Este es el resultado de correrse dentro de la taza del retrete. Esta es la consecuencia de la mala costumbre de masturbarse en la bañera. Todo ese semen lanzado a las cañerías que finalmente se convierte en carne y hueso. Toneladas de lefa arrojadas al sistema circulatorio de las alcantarillas. Amazonas del inframundo apoderándose de su esperma para convertirse en oscuras madres. Náyades de las cloacas que obligan a ser padres a quienes no quieren serlo.
martes, 20 de julio de 2010
LA CARRERA DEL SIGLO
La linea de salida de la carrera del siglo tiene una longitud de algo más de diez kilómetros para dar cabida a todos los participantes. Se ha elegido el Death Valley, en California, donde la temperatura llega a alcanzar cotas casi marcianas. Hay motocicletas y quads, coches deportivos, camiones con y sin remolque. Un concorde espectacularmente iluminado por el sol de la tarde. Hay gente con patines e inválidos que cabalgan sus sillas de ruedas. Niños metidos hasta la cintura en sacos de patatas. Jinetes, pilotos de ala delta, un hombre bala que espera el pistoletazo de salida mientras se aferra a la boca de su cañón. Un transatlántico que reposa en un canal construido para el evento. Ancianos con andador, surferos, jóvenes empapados de cerveza agazapados dentro de bañeras rodantes. No hay vehículo o modo de desplazarse que no esté representado en la carrera. Un bebé con su taca-taca y un Jumbo. Ejecutivos con mountain bikes y esquiadores. Aquí -y más que nunca- lo importante es participar.
martes, 29 de junio de 2010
REPETICIÓN
El velocista cruza la línea de meta, levantando los brazos, mirando hacia el cielo mientras contiene la respiración. Alguien le anuda la bandera nacional al cuello. Un hombre con walkie-talkie le entrega un ramo de flores. El segundo clasificado se acerca al ganador y ambos intercambian un abrazo descafeinado. La victoria ha sido aplastante. Tres metros de ventaja en una carrera de cien. Décimas de segundo que significan todo un abismo.
Pero esperen un momento. Estén atentos a la repetición del tramo final de la carrera en sus televisores, en los monitores gigantes del estadio, en la pantalla plana de un bar de carretera. Porque en la repetición el ganador no gana. En la repetición es el segundo clasificado quien cruza en primer lugar la línea de meta tras remontar en los últimos metros. Las imágenes no mienten. Y nosotros podemos equivocarnos. Equivocarnos todos a la vez.
Es un alivio creer que el ramo de flores se entrega finalmente a su legítimo dueño.
Pero esperen un momento. Estén atentos a la repetición del tramo final de la carrera en sus televisores, en los monitores gigantes del estadio, en la pantalla plana de un bar de carretera. Porque en la repetición el ganador no gana. En la repetición es el segundo clasificado quien cruza en primer lugar la línea de meta tras remontar en los últimos metros. Las imágenes no mienten. Y nosotros podemos equivocarnos. Equivocarnos todos a la vez.
Es un alivio creer que el ramo de flores se entrega finalmente a su legítimo dueño.
jueves, 3 de junio de 2010
COMUNIÓN
El padre piensa que las secuelas psicológicas de la violación serán de algún modo más soportables para su hija si consigue que todo el asunto tenga la apariencia de una abdución extraterrestre. Cree que puede convertir un acto horrible y despreciable en una pesadilla infantil. Algo que se recuerda envuelto en bruma; un trauma barnizado de ficción.
Y no es el trabajo de un aficionado. Hay potentes focos apuntando a la ventana de la habitación de la niña. Hay altavoces y máquinas de humo. Hay un ventilador que parece el motor de un avión comercial.
Y, por supuesto, un disfraz. Un disfraz comprado a través de una web japonesa que no resulta precisamente barato y cuyos mecanismos internos permiten controlar incluso el movimiento de las pestañas.
No es necesario contar más.
Y no es el trabajo de un aficionado. Hay potentes focos apuntando a la ventana de la habitación de la niña. Hay altavoces y máquinas de humo. Hay un ventilador que parece el motor de un avión comercial.
Y, por supuesto, un disfraz. Un disfraz comprado a través de una web japonesa que no resulta precisamente barato y cuyos mecanismos internos permiten controlar incluso el movimiento de las pestañas.
No es necesario contar más.
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